SIN PALO Y SIN VARITA, DICEN QUE CASTIGA


26 de febrero de 2001

Sr. Juez:

Considero a lugar, para su mayor comprensión de cómo se fueron desencadenando los hechos, hacer una breve reseña de mi infancia.
Provengo de una familia de clase media que podríamos calificar como “medianamente” normal. Niña de barrio que, queriendo escapar de la mitad anormal que conformaba su entorno, se dedicó de lleno a los juegos fantasiosos correspondientes a su edad.
Tomaba la merienda (vainillas con leche chocolatada) absorta en la serie de moda que se emitía por televisión en ese horario: “El Zorro”, embelesada por el personaje que, todo vestido de negro, esgrimía su espada en protección de los más indefensos.
Entre meriendas y juegos en la vereda con los chicos del barrio (de los cuales las niñas siempre salíamos mal paradas) mi héroe televisivo ayudó a gestar a mi heroína infantil. Así nació “La Paloma”. Yo. Vestida íntegramente de blanco -capa y sombrero incluidos- hacía mi aparición sobre aquellas cabinas para guardar los tubos de gas, inexistentes en la actualidad. Es el día de hoy que no entiendo por qué siempre aparecía sobre ese escenario, pero la duda no viene al caso. Cada vez que alguna de mis compañeritas de juego quedaba en aprietos a merced de las malicias de los varones, cerraba los ojos y “Ella”, inmaculadamente blanca, entraba en acción desde las alturas gasistas. Luego de los salvatajes pertinentes, la infaltable “P”marcada a punta de espada.
De más está decir, Su Señoría, que La Paloma existió tan sólo en mi imaginación, y que, todo lo anteriormente mencionado fue producto de la misma. No me caractericé nunca por lo osada o audaz. Más adelante, con el cambio de moda, gestaría una “Mujer Maravilla”, pero este segundo intento tampoco le hace al caso.

Así como lo había hecho de niña, ya adulta, lo mío fue también limitarme a cerrar los ojos e imaginar. Pero me daría cuenta que cerrar los ojos no alcanza para tapar los oídos.
No formé una familia. No tuve relaciones estables con hombres. Mi vida se confinó a ocupar lugares detrás de escritorios, que fueron varios. Primero, en un Banco; le siguieron una Compañía de seguros y unos cuantos más, hasta terminar donde me hallaba empleada al momento de los hechos: como secretaria de un médico psiquiatra.
Mire que yo le advertí al doctor en varias oportunidades que se escuchaba a la perfección todo parlamento con sus pacientes aún estando él en su consultorio con la puerta cerrada. Le propuse poner música en la sala de espera, no sólo por mí, sino también por las personas que en esa sala, como lo dice su nombre, esperaban. Me daba un poco de pudor conocer tan íntimamente vidas ajenas. El doctor no me llevó el apunte.
Mi trabajo era demasiado tranquilo, así que, ahora sin tanta culpa, comencé a prestar atención detallada a las vidas ajenas. Después de un tiempo de trabajar ahí, ya casi reconocía las patologías de inmediato (siempre tuve un gran interés por el tema)
No tiene usted idea lo expectante que estaba de la frase con que él siempre iniciaba una primera sesión: —¿Qué la trae por acá?
El "la" no es casual, ya que a través de tres años logré comprobar que sólo parecen tener problemas las mujeres. Los pocos pacientes masculinos irrumpían en estado límite. Adictos, alcohólicos, algún que otro quebrado. Jamás un: —No sé que me anda pasando, doctor, me siento un tanto triste— ( o cansado/ deprimido/ preocupado/ raro/ insatisfecho y etcéteras. Estados que parecen pertenecer en exclusividad al género femenino). O sea que, cuando alguno llegaba era para tratar de reconstruir el Sarajevo que había logrado de su vida, dedicarse (casi siempre imposible) a limpiar el excremento salpicado para los cuatro puntos cardinales y, muchas veces también, prestar higiénico (entiéndase papel) para limpiar los rostros de las tantas personas cercanas damnificadas por la explosión.

Doctor: —¿Qué la trae por acá?
Ella: —No sé muy bien. Mi marido (amante, novio o pareja) anda con problemas de salud, no duerme, trabaja como un energúmeno, está siempre de mal humor, con contracturas, se le cae el pelo, empezó a tomar alcohol. ¿Qué me está pasando, doctor?
Doctor: — A usted no sé, únicamente me contó lo que le pasa a él.
Ella: — Pero si a él le pasa todo esto, es que yo algo mal estoy haciendo, ¿ no le parece? Él es un sol. Si hasta estoy acá por sugerencia suya. La semana pasada estábamos en el sanatorio porque tuvo un infarto. Me vio tan nerviosa que me dijo: — Gorda, que te parece si te buscás un analista. Me presionás mucho preocupándote por boludeces — ¿Vio? la que molesta soy yo.
Doctor: — Reitero la pregunta, ¿qué le pasa a usted?
Ella (llorando): —Soy un desastre, doctor. Él se mata trabajando para que tengamos todo y yo lo único que hago es pensar: para qué tener tanto si no hay tiempo para disfrutarlo, no ve a los chicos más que una hora por día. Ya ni relaciones tenemos. Claro, está agotado por el trabajo. Vive viajando. Una desagradecida resulté, porque siempre me trae un regalito del free-shop. Encima, en vez de apoyarlo, añoro el Master en economía que había empezado y no pude terminar, por los chicos. Además, como él bien dice, quien se precie de Señora, no puede descuidar el nido. Mire, si hasta se preocupa tanto que para restarme trabajo ya ni me deja ver el resumen de la tarjeta de crédito que ahora paga su secretaria...
Doctor: —¿Su marido no pensó nunca en ver a un terapeuta él también? Acá no vamos a analizar a su esposo.
Ella: — ¡Doctor! Si salta a la vista que la que tiene problemas soy yo. Él tiene las cosas muy en claro.

Idem. Idem. Idem. Culpas. Culpas y más culpas.
Definitivamente creo que no hubiese resultado una buena terapeuta. El doctor daba vueltas y más a los asuntos, mientras yo las escuchaba sufrir tanto que las hubiese agarrado, revoleado, sacudido, sopapeado de ser necesario. Con el sólo fin de decirles:
— ¡Despabilá, querida!—.
En fin, soy consciente, también, que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y por el consultorio abundaban las “no videntes”. Algunas, por idiotez; otras, por comodidad.

Fue así, Su Señoría, como se desencadenaron los sucesos. Tres años de lastimeras escuchas, de bronca atragantada, de soberana impotencia. Hasta la noche en que me encontré vistiéndome de blanco, con capa y sombrero. Como los tiempos han cambiado, llevaba un revólver en mi cintura y una pintura dorada en aerosol.
Tenía el archivo de pacientes cargado en mi computadora y datos que ellas habían confesado al doctor, minuciosamente guardados. Lo demás fue tarea sencilla.
Al primero lo pesqué a la salida de un hotel alojamiento. A otro en su oficina, de noche, con secretaria incluida. Su familia había sido despachada, para no perturbarlo, en un costoso crucero por el Caribe. Fueron en total cinco. Elegí a los más dañinos.
Operé siempre de la misma manera. Me ayudó la vestimenta, se quedaban pasmados al verme. Disparo directo al corazón y la “P” dorada en sus sangrantes ropas.
Confieso la autoría de los hechos, y me pongo a su disposición para cuanto detalle desee conocer. Mi conciencia está tranquila.
Será justicia.
“La Paloma”



17 de julio de 2003

Tribunal en lo Penal N° 4:

Por la presente, yo, María de los Ángeles Mandatto, presidente del tribunal en la causa caratulada “La Paloma/homicidios”, junto con las juezas que entienden en la misma, declaramos a la acusada INOCENTE, alegando pérdidas de razón momentáneas y emoción violenta, provocadas por el extremo estrés al cual se vio sometida durante los años al servicio del terapeuta en cuestión. Sentenciamos igualmente a la imputada a no volver a trabajar en consultorio psiquiátrico alguno, con el fin de que algún macho quede con vida por mera necesidad de preservar la especie.
Etcéteras que no vienen al caso.
Fotocópiese, archívese, déjese estar.


P.D: Una tal La Paloma ofrece en el periódico: “Servicios sanadores garantidos a mujeres con sufrimientos varios”. Yo, que ciertos hombres, me andaría con cuidado.


3 comentarios:

  Monica Sanmiguel de Miguel

8 de septiembre de 2008, 14:41

El relato... magnífico, como "La Paloma",un ser sumamente útil en esta época. Me parece que el fallo del juez fue absolutamente correcto.

  Anónimo

9 de septiembre de 2008, 0:12

Paola:
A mis noches de insomnio le sumaste un nuevo motivo para no poder dormir tranquilo.
Paloma Paola no estarás tramando tu justicia por mano propia no? ó al fin y al cabo necesitás tercerizar el trabajo en tu imaginación?
¿Qué tipo de ceguera tenías? ¿La de la idiotez, la de la comodidad, la del amor ó la de la pena?
Te saluda tu pululante Apodo.

  Paola Cescon

11 de septiembre de 2008, 2:13

Monique: Nótese que el tribunal era sólo de mujeres, pequeño detalle, si no, creo que a mi poveretta Paloma la desplumaban mal.
Beso grande.

Apodo pululante:
Demasiado amor suele a veces competir con la idiotez, ¿contestado?
Usté duerma tranquilo... a no ser que haya despachado a su flía en un costoso crucero por el Caribe, ahí, no me hago cargo de las consecuencias.¿Quedará bonito el dorado sobre tus ropas sangrantes? Jeje.
Saludos