CAMBIOS


A Monique Sanmiguel de Miguel, mujer que también conoce de ciertos "malabarismos" para intentar llegar a buen puerto.



Veo muy poca televisión. Pero hete aquí que hoy estaba encendida y mi sagaz oído se percató del tema a tratar en uno de esos famosos talk show venezolanos: “Manteniendo la pasión en el matrimonio”. Como quien no quiere la cosa y haciendo uso de mi mayor disimulo, me dispuse a escuchar (los ocho años de matrimonio en mi haber ameritaban que descansase el culo un rato e hiciese caso omiso a mi defenestración del gremio cholulaje).
Les comento, en un pequeño resumen, las máximas emitidas por ese panel de señoras de su hogar:

-“Nunca le recibas con olor a comida. No debe haber nada más desagradable para tu hombre que llegar del trabajo esperando un beso y sentir que besa a una cebolla”.

-“Espérale siempre con una sonrisa. Él no quiere llegar a casa después de un día agotador y tener por recibimiento un rosario de reclamos o problemas hogareños”.

-“Date tiempo para la pareja. Noches especiales con ropa especial, una buena cena preparada con amor, mimos, champagne y mucha imaginación “.

-“Educa a tus hijos para que respeten los tiempos y la intimidad de sus padres”.

-“Estáte siempre linda, durita y rozagante, para que no se tiente afuera”

Las vidas que exhibían resultaban totalmente excitantes. Me puse a pensar que, al parecer, ninguna de estas mujeres registraba en sus días botones descosidos, períodos menstruales, cueritos rotos en canillas, cuentas impagas colgadas en la heladera, trabajos a contra-reloj, hijos que no obedecen, títulos universitarios truncos, maridos adictos al trabajo y una larga lista de etcéteras. Seguramente yo era una de “ésas” que se complican la vida con nimiedades.
Estaba decidido. Mañana comenzaría mi nueva vida poniendo en uso estas máximas.


Ponerse en marcha

El día amaneció como cualquier otro: los chicos al colegio, él y yo a trabajar. Debía enfrentarlo con la mayor calma posible.
Todo era asunto de organización, ya que el cambio comenzaría por la tarde.


De taquito

Como un piano afinado, habían transcurrido las horas, hasta ese preciso momento.
Los gritos anticiparon la llegada de los chicos del colegio. Mantendría la calma.
Convoqué a reunión y haciendo uso de mis conocimientos de psicología infantil, traté de explicarles (explicar, uno explica, lo difícil es que entiendan) todo lo referente acerca de respetar a los demás cuando están ocupados, aprender a usar el tiempo sin depender siempre de mamá, etc., etc., etc. Ya estaba. Se los había dicho madura y claramente. El piano seguiría sonando.


Calentando los motores

Siguiendo el consejo de las venezolanas, llamé a mi marido al trabajo (casi nunca lo hago, para no interferir con sus ocupaciones). Hoy sí, porque iba a “preparar el terreno”.
—¡Hola amor! Te amo.
—¿Eh?... Estoy en reunión.
— Hoy a la noche tenemos sorpresa (poniendo mi voz más sensual)
— Yo, tengo fútbol.
— No importa, tenemos sorpresa igual. Te amo, te lleno de besos...
— Chau.
No había resultado en lo más mínimo la comunicación sexy y apasionante que comentaban estas mujeres (ni medio”cuchi-cuchi”, pimpollito y, menos, un “cuando te agarre te hago ver el firmamento”).

Eso llamado culpa

Era hora de comenzar con las tareas escolares. Hoy, vacaciones a la acostumbrada educación que acompaña tales menesteres. Tenían que terminar, y rápido. Nada de “prolijito y hacé linda letra”, investigaciones especiales o tomas de responsabilidad. Usaría la extorsión de ser necesaria. Y lo fue. Cinco pesos por cabeza. Miento, seis al que primero terminara.
Estaba dando los últimos toques a la cena cuando aparece mi primogénito con una cara de desolación que era para rasgarse las vestiduras:
— Mami, ¿sabés lo que me hizo Julieta? (es su “enamorada”).
— Mi amor, ¿de qué hablamos hace un rato? Mami está cocinando y apuradísima. Mañana me contás.
Verlo irse con carita de mal de amores, me tildó. ¿Qué le habrá hecho esa desgraciada? Pero hoy me tenía que permitir una dosis de egoísmo, era mi día.
El “salmón chablis” estaba listo. Pocas veces me había salido mejor, pero se presentaba un problema, no conocía extractor alguno que acabara con semejante olor a pescado. A no desesperar, me dije, y prendí cuanto sahumerio, hornito, o vela aromática encontré a mano. Quien llegara en ese momento iba a pensar que había cambiado de religión, la casa parecía un templo budista. Intentando sortear la humareda casi termino estampada contra uno de mis hijos, que tampoco encontraba su rumbo pero, nada de olor a comida enunciaba el tratado sobre la pasión.
La cena de los chicos no debería presentarme tampoco un sumidero de tiempo. Las vitaminas, proteínas y pirámide nutricional, las dejaría para otro momento. ¡Sandwiches se imponen! decidí con remordimiento pensando en las porquerías que comen en el colegio, pero el "sin humo ni olor" terminó de convencerme. Un par de días más así y mi marido no iría a mirar nada afuera pero, seguramente, estas criaturas saldrían a buscar otra madre.
Bañaditos, mal comiditos, ¡a descansar!, y después del beso de las buenas noches ataqué otra vez. Mamá tenía que hacer cosas, no se levantaría nadie de la cama, dormirían tranquilos y en paz con el angelito de la guarda, porque había llegado MI tiempo (¡bah! mentiritas, les dije con cara maquiavélica: —Al primero que molesta, lo ahogo con la almohada).

La cuenta regresiva

¡Al fin sola! Llené la bañera y me sumergí en los exquisitos aceites aromáticos. Era el momento del esperado relax.
El sonido del teléfono interfirió en mi control mental, había olvidado traer el inalámbrico.
— ¡Chicos, atiendan!.
— Pero si dijiste que no se nos ocurriera levantarnos de la cama.
— Ahora digo que alguno se levante y atienda.
— ¡Voy yo!
— ¡No!, me dijo a mí.
— ¡No!, a mí.
— No se peleen más y atiendan.
— Mami, cortaron.
— ¡A la cama!
— Pero si nos acabás de decir que nos levantáramos.
— ¡Santo Cristo!, a la cama.
¡Calma ven a mí, es la primera noche del espejo del resto de mis noches!
Los aceites aromáticos cumplieron con su cometido. Después llegó el turno de las cremas y el maquillaje.
Estaba terminando de ponerme esa ropa interior tan especial que había comprado para la ocasión cuando escucho un grito que significaba que alguno de mis hijos estaba matando a otro. Agarré lo primero que tenía a mano y salí corriendo para el cuarto. Prendí la luz. Silencio absoluto. Tres pares de ojos me miraban atónitos. En el apuro, olvidé prenderme la bata.
— Mami, ¿qué te pusiste?
— Nada, mi amor.
— ¿Qué es eso rojo con puntillitas?
A esta altura de los acontecimientos, ya estaba jugada.
— Si se callan y se duermen, mañana les compro un premio.
No era nada pedagógico aunque, definitivamente, resultaba eficaz. Entre la extorsión de la tarea y la de ahora, sería una noche muy cara.
Lo conseguí al fin. Silencio absoluto y tres niños durmiendo plácidamente.
Sólo restaba esperar su llegada que, por ese maldito fútbol, se estaba retrasando.
Prendí las velas, puse música y el balde de champagne sobre la mesa.
Mientras fumaba, no sin impaciencia, reparé en que ya eran las once y media de la noche del viernes. Mañana sábado, a las ocho de la mañana, debía estar presta para llevar (obviamente, yo) a los chicos a un campamento.
Pero no importaba nada de nada, sería un sueño más (mucho más) que justificado.

La revelación

El auto. Las llaves. Mi nueva vida estaba a punto de comenzar.
Abrió la puerta y, al verlo, el alma y la pasión comulgaron con el suelo. Su imagen deportiva no era exactamente la de Jean Claude Van Dame (vale aclarar, jamás vi un culo masculino tan majestuoso como el de Van Dame)
Dejó el bolso en el sillón, al mismo tiempo que, literalmente, se cagaba de risa.
Se debía notar pese al maquillaje, mi cara de destruida debido a la maratón faraónica pro – pasión, y se notaba a la legua su “día de terror laboral-cansancio deportivo-no estoy para joda ni en pedo”.
Caímos rendidos en la cama.
¿El salmón? Bien, gracias. Terminó en el freezer; el señor ya se había comido un choripán con los chochamus en un puestito de la Costanera. ¿El champagne? También bien, gracias nuevamente. Con sólo oler el corcho, mañana no me despertaría ni el campanario de Notre Damme.
En fin, no somos venezolanos, ni vivimos en Venezuela y esa vida de la que alardean ellas debe ser producto, pura y exclusivamente, de alguna diferencia climatológica.
Porque acá, en el sur del conito sur, se me complica un poco. Está visto.


13 comentarios:

  paula malvada

17 de septiembre de 2008, 6:19

¡cómo me reí!

  Anónimo

17 de septiembre de 2008, 7:47

Pues a mí, que mi santa esposa me recibiese oliendo a caviar y Rioja Reserva me parecería de maravilla.

Fino y afilado texto.

Saludos

  Anónimo

17 de septiembre de 2008, 10:14

Paola:
Gran relato.
Se entiende completamente tu situación. Lo que no se entiende es como de un día para el otro querés cambiar todo, sin maldad pregunto ¿Una noche de pasión puede borrar meses ó años de una relación de pareja estancada?
Escarbando un poco más en el universo femenino ¿No creen que su inclinación hacia las expectativas que se generan es el motor de sus desiluciones y el desencadenante "gataflorismo"?

Apodo

  Monica Sanmiguel de Miguel

17 de septiembre de 2008, 15:35

Queridísima Paola:
Primero que nada, gracias por la dedicatoria de un texto tan maravillosamente divertido.
Me he reido hasta más no poder.
El asunto de los niños, el olor a comida por toda la casa e incluso pegado al cuerpo ¡¡¡no puede faltar!!! pero la seducción, la pasión, la intimidad... la llevas a cabo en el momento menos esperado, puede ser a media noche o aprovechas que los niños están en la escuela para conseguir esos momentos de intimidad extrema.
Qué hay futbol, pues que más da, lo disfrutan juntos y quien sabe si terminando el partido se dé el mejor encuentro pasional que hayan tenido en su vida (te lo recomiedo).
Un beso enorme Paola y de nuevo gracias por ese gran detalle de tu parte.

  Miguelángel Díaz Monges

17 de septiembre de 2008, 19:09

Espléndidamente escrito y divertido a más no poder. Me encanta todo lo que haces, sobre todo existir.

  Miguelángel Díaz Monges

17 de septiembre de 2008, 19:11

Por cierto:

En adelante métete a la cama en pelotas y si al boludo le dan ganas lo mandas a ver el Boca-River en diferido y que garche con Messi.

Como suelo decirle a Monique: todos deberíamos volvernos homosexuales.

  Vale que vale

18 de septiembre de 2008, 13:30

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  joseluis

2 de octubre de 2008, 3:22

Me he divertido infinidades con tu fino texto irónico alrededor de una imagen que nos venden una y mil veces, sea para ella un modelo a seguir, sea para él un arquetipo al que debe apasionarse.

Lo de los niños está genial; y el champán, ja!, creo que ya vendrán los días para beber boca a boca.

Felicidades por este cuento (¿?).

Un beso :-)

  Anónimo

6 de octubre de 2008, 9:32

Paola Volvé

  La Usina Cultural

16 de noviembre de 2008, 14:41

Este comentario ha sido eliminado por el autor.
  Claudia

16 de noviembre de 2008, 14:56

Paola
Me encantó! Es curioso que la vida cotidiana nos resulte tan graciosa cuando la contamos. Comprueba la cita que abre este blog: La comedia es tragedia más tiempo.

  Quiroz

15 de mayo de 2009, 13:13

Maravilloso escrito, con un humor maravilloso e inteligente.
Un saludo, poeta.

Sigfrido QUiroz

  Anónimo

9 de diciembre de 2009, 10:01

Talentosa Paola, pido que no pare jamas de escrebir acerca de la vida de todos los dias. Aprendo español por tus casos. La vida domestica es um mundo universal mismo. (perdone mi portuñol). Tu mujer és tambiem una carioca, mineira o gaucha, una brasileña cualquer y tambien el marido de poco amor. Tengo la lido cuando la encontro en la rede. Bravissimo. Parabens. Adriano Menezes, Ouro Preto, Brasil.