DE PIEDRA


Me habían comentado que el dolor de un cólico renal es, para el género masculino, lo más parecido al trabajo de parto.
Helo ahí, golpea su cabeza contra la pared en una suerte de rito autista.
Su cuerpo está arrugado por las horas pasadas bajo el agua intentando amainar “tamaño padecimiento”. El rostro denota una intensa fatiga; la continua lamentación ha conseguido gracias al sostenutto, agujerear la membrana del tímpano (de mis dos ¿eh?).
La casa gira en torno a sus duchas, inyecciones y, a la espera de encontrar en la orina, pelela mediante, la tan desgraciada piedrita. Piedrita que no nace.
Y sigue la tortura marital durante una semana.
¿Que los hombres son superiores a las mujeres?
¡Andá a parir!



CAMBIOS


A Monique Sanmiguel de Miguel, mujer que también conoce de ciertos "malabarismos" para intentar llegar a buen puerto.



Veo muy poca televisión. Pero hete aquí que hoy estaba encendida y mi sagaz oído se percató del tema a tratar en uno de esos famosos talk show venezolanos: “Manteniendo la pasión en el matrimonio”. Como quien no quiere la cosa y haciendo uso de mi mayor disimulo, me dispuse a escuchar (los ocho años de matrimonio en mi haber ameritaban que descansase el culo un rato e hiciese caso omiso a mi defenestración del gremio cholulaje).
Les comento, en un pequeño resumen, las máximas emitidas por ese panel de señoras de su hogar:

-“Nunca le recibas con olor a comida. No debe haber nada más desagradable para tu hombre que llegar del trabajo esperando un beso y sentir que besa a una cebolla”.

-“Espérale siempre con una sonrisa. Él no quiere llegar a casa después de un día agotador y tener por recibimiento un rosario de reclamos o problemas hogareños”.

-“Date tiempo para la pareja. Noches especiales con ropa especial, una buena cena preparada con amor, mimos, champagne y mucha imaginación “.

-“Educa a tus hijos para que respeten los tiempos y la intimidad de sus padres”.

-“Estáte siempre linda, durita y rozagante, para que no se tiente afuera”

Las vidas que exhibían resultaban totalmente excitantes. Me puse a pensar que, al parecer, ninguna de estas mujeres registraba en sus días botones descosidos, períodos menstruales, cueritos rotos en canillas, cuentas impagas colgadas en la heladera, trabajos a contra-reloj, hijos que no obedecen, títulos universitarios truncos, maridos adictos al trabajo y una larga lista de etcéteras. Seguramente yo era una de “ésas” que se complican la vida con nimiedades.
Estaba decidido. Mañana comenzaría mi nueva vida poniendo en uso estas máximas.


Ponerse en marcha

El día amaneció como cualquier otro: los chicos al colegio, él y yo a trabajar. Debía enfrentarlo con la mayor calma posible.
Todo era asunto de organización, ya que el cambio comenzaría por la tarde.


De taquito

Como un piano afinado, habían transcurrido las horas, hasta ese preciso momento.
Los gritos anticiparon la llegada de los chicos del colegio. Mantendría la calma.
Convoqué a reunión y haciendo uso de mis conocimientos de psicología infantil, traté de explicarles (explicar, uno explica, lo difícil es que entiendan) todo lo referente acerca de respetar a los demás cuando están ocupados, aprender a usar el tiempo sin depender siempre de mamá, etc., etc., etc. Ya estaba. Se los había dicho madura y claramente. El piano seguiría sonando.


Calentando los motores

Siguiendo el consejo de las venezolanas, llamé a mi marido al trabajo (casi nunca lo hago, para no interferir con sus ocupaciones). Hoy sí, porque iba a “preparar el terreno”.
—¡Hola amor! Te amo.
—¿Eh?... Estoy en reunión.
— Hoy a la noche tenemos sorpresa (poniendo mi voz más sensual)
— Yo, tengo fútbol.
— No importa, tenemos sorpresa igual. Te amo, te lleno de besos...
— Chau.
No había resultado en lo más mínimo la comunicación sexy y apasionante que comentaban estas mujeres (ni medio”cuchi-cuchi”, pimpollito y, menos, un “cuando te agarre te hago ver el firmamento”).

Eso llamado culpa

Era hora de comenzar con las tareas escolares. Hoy, vacaciones a la acostumbrada educación que acompaña tales menesteres. Tenían que terminar, y rápido. Nada de “prolijito y hacé linda letra”, investigaciones especiales o tomas de responsabilidad. Usaría la extorsión de ser necesaria. Y lo fue. Cinco pesos por cabeza. Miento, seis al que primero terminara.
Estaba dando los últimos toques a la cena cuando aparece mi primogénito con una cara de desolación que era para rasgarse las vestiduras:
— Mami, ¿sabés lo que me hizo Julieta? (es su “enamorada”).
— Mi amor, ¿de qué hablamos hace un rato? Mami está cocinando y apuradísima. Mañana me contás.
Verlo irse con carita de mal de amores, me tildó. ¿Qué le habrá hecho esa desgraciada? Pero hoy me tenía que permitir una dosis de egoísmo, era mi día.
El “salmón chablis” estaba listo. Pocas veces me había salido mejor, pero se presentaba un problema, no conocía extractor alguno que acabara con semejante olor a pescado. A no desesperar, me dije, y prendí cuanto sahumerio, hornito, o vela aromática encontré a mano. Quien llegara en ese momento iba a pensar que había cambiado de religión, la casa parecía un templo budista. Intentando sortear la humareda casi termino estampada contra uno de mis hijos, que tampoco encontraba su rumbo pero, nada de olor a comida enunciaba el tratado sobre la pasión.
La cena de los chicos no debería presentarme tampoco un sumidero de tiempo. Las vitaminas, proteínas y pirámide nutricional, las dejaría para otro momento. ¡Sandwiches se imponen! decidí con remordimiento pensando en las porquerías que comen en el colegio, pero el "sin humo ni olor" terminó de convencerme. Un par de días más así y mi marido no iría a mirar nada afuera pero, seguramente, estas criaturas saldrían a buscar otra madre.
Bañaditos, mal comiditos, ¡a descansar!, y después del beso de las buenas noches ataqué otra vez. Mamá tenía que hacer cosas, no se levantaría nadie de la cama, dormirían tranquilos y en paz con el angelito de la guarda, porque había llegado MI tiempo (¡bah! mentiritas, les dije con cara maquiavélica: —Al primero que molesta, lo ahogo con la almohada).

La cuenta regresiva

¡Al fin sola! Llené la bañera y me sumergí en los exquisitos aceites aromáticos. Era el momento del esperado relax.
El sonido del teléfono interfirió en mi control mental, había olvidado traer el inalámbrico.
— ¡Chicos, atiendan!.
— Pero si dijiste que no se nos ocurriera levantarnos de la cama.
— Ahora digo que alguno se levante y atienda.
— ¡Voy yo!
— ¡No!, me dijo a mí.
— ¡No!, a mí.
— No se peleen más y atiendan.
— Mami, cortaron.
— ¡A la cama!
— Pero si nos acabás de decir que nos levantáramos.
— ¡Santo Cristo!, a la cama.
¡Calma ven a mí, es la primera noche del espejo del resto de mis noches!
Los aceites aromáticos cumplieron con su cometido. Después llegó el turno de las cremas y el maquillaje.
Estaba terminando de ponerme esa ropa interior tan especial que había comprado para la ocasión cuando escucho un grito que significaba que alguno de mis hijos estaba matando a otro. Agarré lo primero que tenía a mano y salí corriendo para el cuarto. Prendí la luz. Silencio absoluto. Tres pares de ojos me miraban atónitos. En el apuro, olvidé prenderme la bata.
— Mami, ¿qué te pusiste?
— Nada, mi amor.
— ¿Qué es eso rojo con puntillitas?
A esta altura de los acontecimientos, ya estaba jugada.
— Si se callan y se duermen, mañana les compro un premio.
No era nada pedagógico aunque, definitivamente, resultaba eficaz. Entre la extorsión de la tarea y la de ahora, sería una noche muy cara.
Lo conseguí al fin. Silencio absoluto y tres niños durmiendo plácidamente.
Sólo restaba esperar su llegada que, por ese maldito fútbol, se estaba retrasando.
Prendí las velas, puse música y el balde de champagne sobre la mesa.
Mientras fumaba, no sin impaciencia, reparé en que ya eran las once y media de la noche del viernes. Mañana sábado, a las ocho de la mañana, debía estar presta para llevar (obviamente, yo) a los chicos a un campamento.
Pero no importaba nada de nada, sería un sueño más (mucho más) que justificado.

La revelación

El auto. Las llaves. Mi nueva vida estaba a punto de comenzar.
Abrió la puerta y, al verlo, el alma y la pasión comulgaron con el suelo. Su imagen deportiva no era exactamente la de Jean Claude Van Dame (vale aclarar, jamás vi un culo masculino tan majestuoso como el de Van Dame)
Dejó el bolso en el sillón, al mismo tiempo que, literalmente, se cagaba de risa.
Se debía notar pese al maquillaje, mi cara de destruida debido a la maratón faraónica pro – pasión, y se notaba a la legua su “día de terror laboral-cansancio deportivo-no estoy para joda ni en pedo”.
Caímos rendidos en la cama.
¿El salmón? Bien, gracias. Terminó en el freezer; el señor ya se había comido un choripán con los chochamus en un puestito de la Costanera. ¿El champagne? También bien, gracias nuevamente. Con sólo oler el corcho, mañana no me despertaría ni el campanario de Notre Damme.
En fin, no somos venezolanos, ni vivimos en Venezuela y esa vida de la que alardean ellas debe ser producto, pura y exclusivamente, de alguna diferencia climatológica.
Porque acá, en el sur del conito sur, se me complica un poco. Está visto.



SIN PALO Y SIN VARITA, DICEN QUE CASTIGA


26 de febrero de 2001

Sr. Juez:

Considero a lugar, para su mayor comprensión de cómo se fueron desencadenando los hechos, hacer una breve reseña de mi infancia.
Provengo de una familia de clase media que podríamos calificar como “medianamente” normal. Niña de barrio que, queriendo escapar de la mitad anormal que conformaba su entorno, se dedicó de lleno a los juegos fantasiosos correspondientes a su edad.
Tomaba la merienda (vainillas con leche chocolatada) absorta en la serie de moda que se emitía por televisión en ese horario: “El Zorro”, embelesada por el personaje que, todo vestido de negro, esgrimía su espada en protección de los más indefensos.
Entre meriendas y juegos en la vereda con los chicos del barrio (de los cuales las niñas siempre salíamos mal paradas) mi héroe televisivo ayudó a gestar a mi heroína infantil. Así nació “La Paloma”. Yo. Vestida íntegramente de blanco -capa y sombrero incluidos- hacía mi aparición sobre aquellas cabinas para guardar los tubos de gas, inexistentes en la actualidad. Es el día de hoy que no entiendo por qué siempre aparecía sobre ese escenario, pero la duda no viene al caso. Cada vez que alguna de mis compañeritas de juego quedaba en aprietos a merced de las malicias de los varones, cerraba los ojos y “Ella”, inmaculadamente blanca, entraba en acción desde las alturas gasistas. Luego de los salvatajes pertinentes, la infaltable “P”marcada a punta de espada.
De más está decir, Su Señoría, que La Paloma existió tan sólo en mi imaginación, y que, todo lo anteriormente mencionado fue producto de la misma. No me caractericé nunca por lo osada o audaz. Más adelante, con el cambio de moda, gestaría una “Mujer Maravilla”, pero este segundo intento tampoco le hace al caso.

Así como lo había hecho de niña, ya adulta, lo mío fue también limitarme a cerrar los ojos e imaginar. Pero me daría cuenta que cerrar los ojos no alcanza para tapar los oídos.
No formé una familia. No tuve relaciones estables con hombres. Mi vida se confinó a ocupar lugares detrás de escritorios, que fueron varios. Primero, en un Banco; le siguieron una Compañía de seguros y unos cuantos más, hasta terminar donde me hallaba empleada al momento de los hechos: como secretaria de un médico psiquiatra.
Mire que yo le advertí al doctor en varias oportunidades que se escuchaba a la perfección todo parlamento con sus pacientes aún estando él en su consultorio con la puerta cerrada. Le propuse poner música en la sala de espera, no sólo por mí, sino también por las personas que en esa sala, como lo dice su nombre, esperaban. Me daba un poco de pudor conocer tan íntimamente vidas ajenas. El doctor no me llevó el apunte.
Mi trabajo era demasiado tranquilo, así que, ahora sin tanta culpa, comencé a prestar atención detallada a las vidas ajenas. Después de un tiempo de trabajar ahí, ya casi reconocía las patologías de inmediato (siempre tuve un gran interés por el tema)
No tiene usted idea lo expectante que estaba de la frase con que él siempre iniciaba una primera sesión: —¿Qué la trae por acá?
El "la" no es casual, ya que a través de tres años logré comprobar que sólo parecen tener problemas las mujeres. Los pocos pacientes masculinos irrumpían en estado límite. Adictos, alcohólicos, algún que otro quebrado. Jamás un: —No sé que me anda pasando, doctor, me siento un tanto triste— ( o cansado/ deprimido/ preocupado/ raro/ insatisfecho y etcéteras. Estados que parecen pertenecer en exclusividad al género femenino). O sea que, cuando alguno llegaba era para tratar de reconstruir el Sarajevo que había logrado de su vida, dedicarse (casi siempre imposible) a limpiar el excremento salpicado para los cuatro puntos cardinales y, muchas veces también, prestar higiénico (entiéndase papel) para limpiar los rostros de las tantas personas cercanas damnificadas por la explosión.

Doctor: —¿Qué la trae por acá?
Ella: —No sé muy bien. Mi marido (amante, novio o pareja) anda con problemas de salud, no duerme, trabaja como un energúmeno, está siempre de mal humor, con contracturas, se le cae el pelo, empezó a tomar alcohol. ¿Qué me está pasando, doctor?
Doctor: — A usted no sé, únicamente me contó lo que le pasa a él.
Ella: — Pero si a él le pasa todo esto, es que yo algo mal estoy haciendo, ¿ no le parece? Él es un sol. Si hasta estoy acá por sugerencia suya. La semana pasada estábamos en el sanatorio porque tuvo un infarto. Me vio tan nerviosa que me dijo: — Gorda, que te parece si te buscás un analista. Me presionás mucho preocupándote por boludeces — ¿Vio? la que molesta soy yo.
Doctor: — Reitero la pregunta, ¿qué le pasa a usted?
Ella (llorando): —Soy un desastre, doctor. Él se mata trabajando para que tengamos todo y yo lo único que hago es pensar: para qué tener tanto si no hay tiempo para disfrutarlo, no ve a los chicos más que una hora por día. Ya ni relaciones tenemos. Claro, está agotado por el trabajo. Vive viajando. Una desagradecida resulté, porque siempre me trae un regalito del free-shop. Encima, en vez de apoyarlo, añoro el Master en economía que había empezado y no pude terminar, por los chicos. Además, como él bien dice, quien se precie de Señora, no puede descuidar el nido. Mire, si hasta se preocupa tanto que para restarme trabajo ya ni me deja ver el resumen de la tarjeta de crédito que ahora paga su secretaria...
Doctor: —¿Su marido no pensó nunca en ver a un terapeuta él también? Acá no vamos a analizar a su esposo.
Ella: — ¡Doctor! Si salta a la vista que la que tiene problemas soy yo. Él tiene las cosas muy en claro.

Idem. Idem. Idem. Culpas. Culpas y más culpas.
Definitivamente creo que no hubiese resultado una buena terapeuta. El doctor daba vueltas y más a los asuntos, mientras yo las escuchaba sufrir tanto que las hubiese agarrado, revoleado, sacudido, sopapeado de ser necesario. Con el sólo fin de decirles:
— ¡Despabilá, querida!—.
En fin, soy consciente, también, que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y por el consultorio abundaban las “no videntes”. Algunas, por idiotez; otras, por comodidad.

Fue así, Su Señoría, como se desencadenaron los sucesos. Tres años de lastimeras escuchas, de bronca atragantada, de soberana impotencia. Hasta la noche en que me encontré vistiéndome de blanco, con capa y sombrero. Como los tiempos han cambiado, llevaba un revólver en mi cintura y una pintura dorada en aerosol.
Tenía el archivo de pacientes cargado en mi computadora y datos que ellas habían confesado al doctor, minuciosamente guardados. Lo demás fue tarea sencilla.
Al primero lo pesqué a la salida de un hotel alojamiento. A otro en su oficina, de noche, con secretaria incluida. Su familia había sido despachada, para no perturbarlo, en un costoso crucero por el Caribe. Fueron en total cinco. Elegí a los más dañinos.
Operé siempre de la misma manera. Me ayudó la vestimenta, se quedaban pasmados al verme. Disparo directo al corazón y la “P” dorada en sus sangrantes ropas.
Confieso la autoría de los hechos, y me pongo a su disposición para cuanto detalle desee conocer. Mi conciencia está tranquila.
Será justicia.
“La Paloma”



17 de julio de 2003

Tribunal en lo Penal N° 4:

Por la presente, yo, María de los Ángeles Mandatto, presidente del tribunal en la causa caratulada “La Paloma/homicidios”, junto con las juezas que entienden en la misma, declaramos a la acusada INOCENTE, alegando pérdidas de razón momentáneas y emoción violenta, provocadas por el extremo estrés al cual se vio sometida durante los años al servicio del terapeuta en cuestión. Sentenciamos igualmente a la imputada a no volver a trabajar en consultorio psiquiátrico alguno, con el fin de que algún macho quede con vida por mera necesidad de preservar la especie.
Etcéteras que no vienen al caso.
Fotocópiese, archívese, déjese estar.


P.D: Una tal La Paloma ofrece en el periódico: “Servicios sanadores garantidos a mujeres con sufrimientos varios”. Yo, que ciertos hombres, me andaría con cuidado.



LOS NO TAN BELLOS


Caía la noche cuando recordé que al otro día, temprano, tenía turno con el ginecólogo. Fui presa de la desesperación: dignos de Rapunzel, asomaban impertinentes por todos lados. Eran mis pelos que, por el largo, ya no merecían el mote de “vellos”.
El púbico se escapaba con alevosía de los límites de la bikini. Axilas y piernas agradecían el cobijo de la ropa invernal.
A esa hora, ni loca ponía la cera a calentar en el microondas (una maravilla según mi mamá, porque ella vive con la cacerola a baño maría). Miré con cariño a las bandas depilatorias para piernas, pero no solucionarían el tema púbico ni axilar; y ya una vez me habían prestado el aparatito que elimina el vello de raíz sin tirones ni dolor (una se traga cada verso). Me enojé por no haber probado con el sistema de depilación definitiva — que te quema la raíz del existente pero siguen saliendo otros; que es antinatural, que es carísimo— fueron los comentarios que me hicieron desistir de la idea.
Descarté la maquinita descartable. No es mi estilo. Pensé en ponerme medias bucaneras para ocultar, al menos, los de las piernas. Pero, según mi hermana, el médico pensaría que iba con intenciones de otro tipo de consulta (qué escena tan coqueta y erótica, esperar la introducción del espéculo con los pies en los estribos, en bolas, pero ¡portando las negras siliconadas con puntillitas!) .
Ahí estaban y, por mucho que pensara, ahí seguían.
Y sí, no quedaba otra que acudir al salón de depilación, tan modernizados ellos ahora: cera con miel, con rosa mosqueta, descartable, personalizada. Toda la misma porquería en diferente envase, diría mi abuela.
Fue así como me levanté casi al alba para despojarme, antes de ir al ginecólogo, de tamaños papeloneros insufribles.
—Pasillo a la izquierda, camarín de Gladys.
Hacia ahí me dirigía cuando observé detalladamente la situación por primera vez en mis innumerables incursiones por estos lares. Una, que se pone en bolas frente a la perfecta desconocida de Gladys, en esos boxes dignos de caballos en los cuales te tratan como si fueras exactamente un equino. Minga que esta muchacha va a tener cuidado con el conjunto de ropa interior elegido ( no el mejor, porque te lo llena de cera; tampoco el peor, porque esta “una” tiene su dignidad)
—Pierna entera, cavado, tira de cola y axilas (ya que estaba, la hacía completa)
Así padecía mi humanidad, abierta de gambas ensayando las extrañas posiciones que te hacen tomar estas señoritas, con el palito o broche que te encajan en la bombacha para alejarla de los pelos que, dicho sea de paso, cuántas pelvis habrá tocado, mirando la lechera industrial que contiene la cera. Yo, que me aguantaba ésa con miel y jojoba hirviendo porque estaba apurada y ésta, que me deja en posición de parto, diciendo: —Mami, disculpáme un minuto— Ese minuto fueron como cinco, durante los cuales, para matar el tiempo, pensaba que estos lugares deben ser los únicos en los que te pegan para que no te duela.
Decía que así se encontraba denigrada mi humanidad, cuando vinieron a mi mente las discusiones, referidas a los pelos, que mantengo con mi marido:
—Vos te depilás a lo sumo dos veces al mes.
—Vos te afeitarás todos los días, pero sin dolor y tranquilo en casa.
Y así seguían las eternas pulseadas de sacrificio macho-fémina.
Me cago en la liberación femenina. Se supone que el hombre cuantos más pelos tiene más macho es y, de última, si se hartan de afeitar, dejan que les crezca la barba.
Nosotras, cuantos más pelos tenemos, más descuidadas y roñosas se supone que somos.
En fin, a él a lo sumo le dirían: —¡ Te dejaste crecer la barba!, si hasta te hace más joven.
Imaginen si una desistiera del tema: —¡Nena, me pinchás, mirá los cardos que tenés! (previo habernos propuesto hacer uso de la sotana del Padre Juan)
Definitivamente, a las mujeres de nuestro país se nos complica un tanto liberarnos del mandato lampiño.
El tema estrujó mi cerebro durante la semana, atrapada en una crisis de envidia por la libertad con la que muestran su cuerpo y extensiones capilares incluidas algunas damiselas del viejo continente.
Pleno verano. Vestidito onda Jackie sin mangas: —¡Taxi! —grita una francesa mientras levanta un brazo y deja asomar lo que ya podrían ser trenzas.
Ibiza. Otra desparrama, literalmente, su cuerpo desnudo al Dios febo (tan notorios son que, si no fuese por las tetas, costaría dilucidar el sexo).
Creo que antes de la próxima vez de que mi piel tenga que tomar contacto con la cera hirviente y cierre los ojos esperando el tirón, mientras Gladys o cualquier otra me grita —respirá — largo todo al carajo y me voy a vivir a Europa.



EPISODIO I. VEROANUS


Vero había vomitado la oración que provocó la imagen. Esa imagen giró en mi cabeza durante toda la semana.
Era martes, esos martes nuevos en mi vida de separada. Mis hijos se iban a la casa del padre y me encontraba con un tiempo vacío que, de alguna manera, necesité empezar a llenar. Sería de suponer que saldría a tomar algo con amigas, al cine, o a recorrer alguna vidriera. No, mi vida era completamente diferente, pero completamente igual.
Así es como enfilaba casi siempre para la casa de Vero, mi comadre, y compartía con ella el eterno ritual nocturno de toda mujer con marido e hijos.
Es muy cierto, al comprobarlo, de qué manera cambia la visión según el ángulo de donde se mire.
Estaba sentada tomando una cerveza, y observando, cómo una Vero desbordada, hacía lo mismo que yo había hecho durante años. — Cociné bifecitos con cebolla ¿a vos te sale bien el arroz en el microondas? Estoy apuradísima porque le dije a Ale que dejaba los chicos bañados, comidos y me iba al shopping a comprar el regalo de Pía, no te conté, pasé por esa feria de ropa tan famosa, ahora te muestro las gangas, ¡chicos, al agua!,¿probaste alguna vez ponerle queso crema a los bifes?, apaguen esa computadora, Joaco laváte el pelo ¿a qué hora cierra el shopping?
Yo miraba atónita una escena que me resultaba harto familiar.
La seguí hasta el baño, donde ya estaban pijamas y chinelas listos. Había terminado la lucha higiénica, con un eterno piso empapado, consecuencia de los también eternos juegos acuáticos
Es de saberse que, acompañando cada acto de una madre, existe una gran dosis de educación. Por eso, un baño no es sólo un baño, es también una lección de:
Puericultura: —Secáte bien entre los dedos, que si no, vas a tener hongos.
Economía: —No dejes el jabón en el agua, se deshace y dura dos días.
Seguro de vida: —Agarráte del barral para no resbalarte, o te rompés la cabeza, y terminamos en el sanatorio, sólo porque a vos se te ocurrió dar demostraciones de danzas en la bañera.
Historia: — ¡Ustedes se quejan porque se tienen que bañar! Qué hubiese dado esa pobre gente del siglo pasado, que tenía que acarrear tachos desde el río a falta de agua corriente.
Pero, por sobre todo, una clase de amor. Nada más hermoso que poder acariciar sus cuerpos cuando todavía no existen pudores.
Fue la bendita frase de Vero que terminó con mi disertación mental sobre el baño:—¡Me falta el plumero en el culo! —gritó totalmente empapada.
No pude contener la risa. Era el corolario de la imagen perfecta de las tan denigradas Amas de casa.
Sí, podría aprovechar y, con el plumero en el culo, quitarles tierra a los muebles mientras les pone el pijama a los chicos. O se podría poner en el culo la escoba y barrer al mismo tiempo que controla si le salió bien el arroz en el microondas. Por qué no el lampazo y limpiar el patio mientras tiende la ropa.
No fuimos al shopping. Obviamente, se hizo tarde.
Volviendo a casa, no entendía cómo pueden resultarme tan vacíos mis tranquilos martes por la noche.


Estarán esperando un final de historia tipo Ave Fénix, el renacimiento de la sometida Ama de Casa:
A saber; por tanto usar a la fuerza los elementos de limpieza en el culo Vero nota una inquietante sensación que literalmente inquieta su "parsimonia doméstica". Una noche, abre la puerta. Sale. La cierra con furia, poniendo llave a educaciones, bifecitos, plumeros e intentos de shopping. Ahora retomó exitosamente la carrera laboral que había pospuesto en pro del núcleo familiar, se enganchó con un yuppie soltero, le dejó los hijos al marido (los visita martes y jueves) se la pasa de Spa /After Hours/ Pilates y vive de compras.
Pero no. No fue así.
Vero sigue feliz en su hogar, incluídos baños, cónyuge, comidas y demás yerbas.
En realidad, el plumero logró fotalecer esta relación de pareja. Su marido consigue ahora "eso" que durante tantos años le había pedido y ella se negaba a entregarle por su estrechez.